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El Museo Nacional de Bellas Artes de la República Argentina, que cumple este año su centenario, es el mayor acervo de nuestro país y uno de los principales de América.
Creado el 16 de julio de 1895, abrió sus puertas el 25 de diciembre de 1896, bajo la dirección del pintor y crítico de arte Eduardo Schiaffino, a cuyas instancias había sido fundado por el gobierno del Presidente José Evaristo Uriburu.
Quedaba satisfecha así una antigua aspiración, compartida por autoridades, políticos, artistas y escritores, que nació casi con la Argentina independiente.
Fue Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, quien instaló el Museo Público, a fines de 1823, materializando así una iniciativa suya de 1812. Aunque dedicado, en principio, a la Historia Natural (será la base del Museo Argentino de Ciencias Naturales de hoy), era deseo de Rivadavia constituirlo también en repositorio de obras de arte.
Terminadas sus funciones en 1824 por la asunción de nuevas autoridades provinciales, Rivadavia marcha a Londres, en misión oficial. Uno de sus cometidos es adquirir pinturas y esculturas para el Museo Público de Buenos Aires. Así, en el verano europeo de 1825, la Casa Baillot, Piet y Cia., de París, informa a Rivadavia acerca de don José Mauroner, radicado en Madrid, dueño de una bella colección de cuadros antiguos, compuesta la mayor parte de originales de las escuelas italiana, española, flamenca y francesa, que los entendidos juzgan más apta para un Museo que para un aficionado particular.
Obvio es que Rivadavia acepta la oferta, porque Mauroner se embarca de inmediato con su pinacoteca, aunque llegará a Buenos Aires sólo a fines de 1828. Mientras tanto, Rivadavia, que ha vuelto de Londres, es elegido Presidente de la República a comienzos de 1826.
Unos meses después, el pintor suizo Joseph Guth, director de la Escuela de Dibujo de la Universidad, presenta a Rivadavia una iniciativa destinada a la creación del Museo y la Academia de Bellas Artes, ya que la Argentina, "por su clima y situación geográfica y política convida a la juventud a seguir esta brillante carrera..." Pero la idea de Guth no tendrá futuro.
La Guerra de Brasil, que impide a Mauroner desembarcar en Buenos Aires, será fatal para Rivadavia: un acuerdo de paz desdoroso para la Argentina, que él ha mandado negociar, lo obliga a dimitir la Presidencia a mediados de 1827 y a exiliarse más tarde. Un año y medio después, cuando Mauroner arriba a Buenos Aires, una nueva contienda civil sacude a la Provincia.
Fue Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, quien instaló el Museo Público, a fines de 1823, materializando así una iniciativa suya de 1812. Aunque dedicado, en principio, a la Historia Natural (será la base del Museo Argentino de Ciencias Naturales de hoy), era deseo de Rivadavia constituirlo también en repositorio de obras de arte.
Terminadas sus funciones en 1824 por la asunción de nuevas autoridades provinciales, Rivadavia marcha a Londres, en misión oficial. Uno de sus cometidos es adquirir pinturas y esculturas para el Museo Público de Buenos Aires. Así, en el verano europeo de 1825, la Casa Baillot, Piet y Cia., de París, informa a Rivadavia acerca de don José Mauroner, radicado en Madrid, dueño de una bella colección de cuadros antiguos, compuesta la mayor parte de originales de las escuelas italiana, española, flamenca y francesa, que los entendidos juzgan más apta para un Museo que para un aficionado particular.
Obvio es que Rivadavia acepta la oferta, porque Mauroner se embarca de inmediato con su pinacoteca, aunque llegará a Buenos Aires sólo a fines de 1828. Mientras tanto, Rivadavia, que ha vuelto de Londres, es elegido Presidente de la República a comienzos de 1826.
Unos meses después, el pintor suizo Joseph Guth, director de la Escuela de Dibujo de la Universidad, presenta a Rivadavia una iniciativa destinada a la creación del Museo y la Academia de Bellas Artes, ya que la Argentina, "por su clima y situación geográfica y política convida a la juventud a seguir esta brillante carrera..." Pero la idea de Guth no tendrá futuro.
La Guerra de Brasil, que impide a Mauroner desembarcar en Buenos Aires, será fatal para Rivadavia: un acuerdo de paz desdoroso para la Argentina, que él ha mandado negociar, lo obliga a dimitir la Presidencia a mediados de 1827 y a exiliarse más tarde. Un año y medio después, cuando Mauroner arriba a Buenos Aires, una nueva contienda civil sacude a la Provincia.
A pesar de los esfuerzos realizados en Buenos Aires con el objeto de organizar una muestra de arte de la Argentina, ella sólo ha de celebrarse en Córdoba, entre fines de 1871 y comienzos de 1872, como apéndice de la Exposición Nacional dedicada a las producciones agrarias e industriales.
Es la primera de la historia, y abarca a artistas locales y residentes en el país. La distribución de los lauros resulta ilustrativa del momento y las consideraciones estéticas reinantes: el premio máximo es otorgado al italiano Ignazio Manzoni (1797-1888), y el segundo se divide entre el porteño Martín Boneo (1829-1915) y el cordobés Genaro Pérez (1839-1900).
Sin embargo, el coleccionismo, iniciado en Buenos Aires por Manuel José de Guerrico (3), desafía el mortecino clima artístico de entonces. Precisamente en 1870, Juan Benito Sosa ofrece al Gobierno de Buenos Aires su cincuentena de telas con la condición de que formen la base de un Museo de Bellas Artes. Acepta el Gobierno en 1877, recibe las obras y las deposita más tarde en la Biblioteca Nacional, a la espera de habilitar el Museo prometido, lo que se hará casi medio siglo después (4).
Entre tanto, se ha fundado la Sociedad Estímulo de Bellas Artes (23 de octubre, 1876), que desempeñará un papel decisivo en la institucionalización de las manifestaciones estéticas de la Argentina.
La Sociedad Estímulo es obra de Eduardo y Alejandro Sívori, José Agujari, Alfred Paris, Eduardo Schiaffino, el arquitecto Jules Dormal, el periodista Carlos Gutiérrez y el decano de los pintores argentinos, Juan Camaña (1800 - 1878), a quien sus compañeros designan presidente de la institución.
Un año y medio más tarde, en 1878, la Sociedad Estímulo inaugura su Academia Libre de Bellas Artes, bajo la dirección del pintor italiano Francesco Romero (1840-1906), radicado en Buenos Aires entre 1871 y 1888; y publica el número inicial de El arte en el Plata, primera y efímera revista argentina de su especie.
La Sociedad Estímulo establece su sede en un local frontero de la Plaza de Monserrat (Moreno-Belgrano-Lima-Bernardo de Irigoyen), donde habilita, además de la Academia Libre, una exposición permanente de obras de arte argentinas y extranjeras, que se constituye así en un esbozo de Museo, el primero en su materia de la República Argentina.
La influencia de Estímulo en el desenvolvimiento de la pintura y la escultura argentinas es decisiva. Hacia 1885, su Academia Libre tiene medio millar de alumnos: de sus aulas han de salir los artistas que institucionalizarán nuestro arte, en la última década del siglo XIX, previa estada en Europa (Italia, sobre todo). Ellos forman un grupo activo y coherente, al que Schiaffino, que lo integra, bautizará Escuela Argentina. Martín A. Malharro (1865-1911), alumno de la Academia, ha evocado el choque de su espíritu amante de la Naturaleza - había nacido en medio de la vasta llanura bonaerense, en Azul, y se afincó después en un barrio porteño alejado del centro, casi rural-, y la enclaustrada enseñanza del arte en la escuela de la Sociedad Estímulo.
"El olor de gas, de humedad, de tabaco y de fonda de ese templo del arte - escribe Malharro en 1909-, ha perdurado en mi imaginación durante largos años". Si bien no se sentía a gusto en "esas salas arrumbadas, frías y monótonas, ese encumbramiento de yesos, bustos, fragmentos y estatuas", señala que "mucho obtuve [en la Academia] como experiencia en la lucha con las ideas, como disciplinas del espíritu y como conocimiento de los hombres", porque "allí se iba a estudiar, a matar ignorancia, a buscar sensaciones superiores".
"El que más o el que menos -añade Malharro-, debía hacer verdaderos sacrificios, soportar trabajos, decepciones e intemperancias; pero todos laboraban y producían esfuerzos, desde los alumnos hasta los profesores, que hacía años no cobraban sueldos, porque los fondos sociales no permitían pagarlos. Pero los buenos, los rudos profesores eran infaltables a sus alumnos, que, a su vez, no faltaban a sus respetados profesores..."(5)
Debe recordarse, una vez más, que en la Buenos Aires de entonces (capital de la Argentina desde el 6 de diciembre de 1880), no hay galerías de arte, como no las hay en el resto de América ni, salvo unas pocas, en Europa, y que los museos no exhiben obras de creadores contemporáneos. La excepción: los Salones de París, celebrados desde el siglo XVIII, a los que suelen presentarse algunos pintores argentinos de la época (Rodríguez Etchart, Sívori, Schiaffino).
Las escasas muestras, de un solo artista o de varios pero siempre con reducido número de obras, se realizan, pues, en almacenes de ultramarinos, tiendas, bazares, ferreterías, ópticas, casas de música y negocios de materiales pictóricos, donde también se venden cuadros de artistas argentinos y extranjeros. (La exposición, ya legendaria, de Cándido López, la primera individual de nuestra historia, se hizo en 1885, en el Club de Gimnasia y Esgrima, con 29 telas.)
La mayoría de estos locales (Costa, Burgos, Hardoy, Oliva y Schnabel, Bossi; Nocetti y Repeto, Fusoni Hermanos; Corti y Francischelli, Sommaruga) están en la calle Florida. En uno de ellos, en noviembre de 1891, exhibirán ocho de los participantes de la Escuela Argentina que han retornado de Europa. Es la primera muestra colectiva independiente de artistas nativos.
Pero antes han ocurrido tres hechos que merecen ser citados. La Exposición Continental de Buenos Aires (1882), dedicada a la industria, se acompaña de una modesta exhibición de jóvenes artistas locales que estudian en Europa (los pintores Ballerini, della Valle y Mendilaharzu y los escultores Cafferata y Correa Morales). Un diario de la época, sin embargo, se lamenta:" Buenos Aires es un gran cuerpo sin alma, su progreso es palpable pero casi puramente material[...] llega un momento en la vida de los pueblos en que el arte se hace necesario; cuando la colectividad ha asegurado su bienestar material y se puede pensar en otra cosa, el espíritu tiende al arte como una aspiración a la perfectibilidad: es entonces que se llega al arte nacional... (1883)".
Cinco años más tarde, en 1888, Buenos Aires recibe su primera exposición de pintura francesa, inaugurada por el Presidente Miguel Juárez Celman, que pasa sin pena ni gloria, y la primera también de pintura española, un tanto más exitosa. Por último, la ya citada muestra del 1891, en un comercio de Florida, reúne obras de Ballerini, della Valle, Giudici, Mendilaharzu, Rodríguez Etchart, Schiaffino, Sívori y el escultor Correa Morales.
Es que los artistas de la"Escuela
Argentina" van yéndose de Europa. Lucio Correa Morales y Angel della Valle regresan en 1883, desde Florencia; de allí viene también Francisco Cafferata, en 1885; Reinaldo Giudici retorna de Venecia, y Augusto Ballerini, de Roma, en 1886; de París llegan Severo Rodríguez Etchart, en 1887 (estadía previa en Turín y Roma), Eduardo Sívori, en 1890, y Graciano Mendilaharzu y Eduardo Schiaffino, en 1891 (estadía previa en Venecia), año en que Emilio Caraffa vuelve de Madrid (estadía previa en Nápoles y Roma); por último, Ernesto de la Cárcova, que ha estudiado en Turín y Roma, se embarca hacia 1893.
Interesa anotar que Cafferata trae al país la estatua en bronce del Almirante Guillermo Brown encargada por la Municipalidad de Adrogué, que ha ejecutado y fundido en Italia: aun así, trátase del primer monumento de un artista argentino emplazado aquí (6). Tocará a Correa Morales (1852-1923) hacer la primera estatua fundida en la Argentina: es su Falucho, inaugurada en 1897 frente a la Plaza San Martín, y transferida décadas más tarde a la esquina de Santa Fe y Luis María Campos.
Schiaffino es, entre sus colegas de la "Escuela Argentina", el más activo promotor de la institucionalización del arte. En las columnas de La Nación, donde ejerce la crítica, y en las de El Diario, la pluma de Schiaffino es un arma de combate con la que lucha para despertar de su letargo a la sociedad porteña y al Gobierno, en busca del espacio moral y material que exigen las manifestaciones estéticas, empezando por la insoslayable necesidad de un Museo, por el que trabaja también la pionera Estímulo.
Esta brega recibirá un impulso definitivo desde el Ateneo, la gran institución cultural fundada el 23 de julio de 1892, con Carlos Guido Spano como presidente, que ha de dar pasos capitales en favor de la pintura, la escultura y la música argentinas, además de la historia, la literatura y las ciencias. Es que la batalla de Estímulo y de la "Escuela
Argentina" puede canalizarse mejor a través de una entidad en cuya mesa directiva aparecen las únicas notabilidades respetadas en la época: los escritores, muchos de los cuales son también políticos.
De hecho, los animadores de Estímulo están en el Ateneo: Shiaffino rige la Sección Pintura, y Correa Morales, la de Escultura; además, entre los socios se cuentan de la Cárcova, Ballerini, Caraffa, della Valle, Mendilaharzu, Guidici y Sívori. Tal vez por ello, las artes plásticas dominan la tarea de la institución, que auspicia, con Schiaffino como organizador, la primera muestra nacional de arte digna de este nombre.
Fue habilitada el 15 de mayo de 1893, en el local del Ateneo, avenida de Mayo esquina Piedras, con 136 obras (106 óleos, 30 esculturas)."El resultado de la exposición -señala la Revista Nacional- ha sido para todos una sorpresa: para los organizadores, que no contaban con que el cultivo de las artes del dibujo se hallara en la Argentina tan difundido; y para la prensa en general, a quien esta florescencia inesperada sorprendía sin el obligado juego de críticos, teniendo que recurrir para reemplazarlo, ya que no al más entendido, por lo menos al mejor dispuesto".
El anónimo articulista concluye con un alerta:" Sabemos también que algunas obras han sido vendidas; hemos averiguado los nombres de los compradores y constatado con la sorpresa consiguiente que entre ellos no figura el de ninguno de nuestros coleccionistas; estos y el gobierno han dejado pasar esta primera manifestación de vida artística nacional sin una sola demostración de interés efectivo, como que ni los unos ni el otro se han dado cuenta de lo que importa la fundación que nos
ocupa" (Tomo XVIII, 2da. serie, julio de 1893).
Schiaffino es también quien organiza la muestra del Palacio Hume (hoy Palacio Duhau, avenida Alvear y Rodríguez Peña), realizada en noviembre de 1893, donde se exponen 125 óleos, 68 muebles y 367 objetos (tapicerías, bibelots, miniaturas, bronces, marfiles), pertenecientes a las colecciones privadas de Guerrico, Andrés Lamas, Aristóbulo del Valle (que aportó, entre otras obras, el Arlequín danzando, de Degas, 1890, hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes), Adriano Rossi y varios más. Precisamente en 1893, Rossi dona su acervo (81 cuadros) con destino al futuro Museo de Bellas Artes.
El segundo Salón del Ateneo tiene lugar en noviembre de 1894, en los altos del edificio del Nuevo Banco Italiano, Rivadavia y Reconquista, frente a la Plaza de Mayo, con 176 obras (entre los participantes hay diez mujeres). La estrella de la exhibición es Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova, pero también son encomiados La vuelta del malón, de della Valle, y El corsario La Argentina, de Malharro.
"Los pintores argentinos están de parabienes - escribe La Nación-, y el triunfo de hoy ha de incitarlos a continuar trabajando unidos, sin preocuparse de los ataques que se les dirijan ni de las resistencias con que han de tropezar y que se inician ya". Pero La Tribuna se queja de las escasas ventas: "No hay mercado y el arte no es hijo de la estrechez; el ingenio es aplastado por la vida cotidiana. No faltan fortunas [en Buenos Aires]. Hay que crear el mercado del cuadro".
El Intendente Federico Pinedo, que el 9 de julio de 1894 inaugura la avenida de Mayo, proyecta ese año el establecimiento de un museo de arte en Buenos Aires, y explica que los fondos que se otorguen "serán empleados en su mayor parte en la compra de excelentes copias de los grandes maestros de todas las escuelas"." De este modo -añade-, los que no han podido ver los originales en los museos europeos tendrán idea de las principales creaciones artísticas del mundo..." Pero el Concejo Deliberante no considera oportuna la ocasión para pensar en tales gastos, y rechaza la iniciativa.
Aun así, José Prudencio de Guerrico suma entonces, al legado de Rossi, una donación suya de 21 telas, que son depositadas, como las anteriores, en la Biblioteca Nacional, que desde enero de 1885 dirige Paul Groussac y cuyo modesto edificio de Moreno y Perú no abunda en espacio.
También data de 1894 la significativa controversia que estalla en el Ateneo, acerca de la elaboración de un arte nacional, solicitado por el poeta Rafael Obligado a los pintores locales. Es Schiaffino quien se anima a salir al cruce del admirado autor de Santos Vega. Pienso que la aparición del arte nacional no se provoca con buenos deseos, minutas de asamblea o incitaciones académicas-responde-. En todas partes y en todo tiempo, el arte espontáneo, el arte natural, ha sido el único arte nacional posible. La nacionalidad de una obra de arte no depende puerilmente del tema elegido sino de la fisonomía moral de su autor; no hay arte más interesante que aquel que fluye naturalmente, sin tutores ni barreras.
Otros dos Salones hará el Ateneo, y ambos en dependencias del edificio Au Bon Marché (hoy Galerías Pacífico): el tercero, en octubre de 1895, y el cuarto y último, en el mismo mes de 1896. Poco después, también en el Bon Marché, es inaugurado el Museo Nacional de Bellas Artes: otra historia comienza entonces.
Pero la brega de Estímulo y del Ateneo, de Schiaffino y sus colegas, de los diarios y los políticos, ha de obtener nuevos resultados que terminarán de convertir a Buenos Aires -la cosmópolis de Rubén Darío- en el mayor centro de arte de la América latina, y uno de los más destacados del mundo.
Así, en 1896 se inician las exposiciones de pintura en la casa de fotografía de Alejandro Witcomb, sita entonces al 300 de Florida (más tarde pasará al 700), que de este modo se convierte en la primera galería de arte de Buenos Aires (y, por cierto, de la Argentina y aun de Latinoamérica).(7)
Desde 1897 hasta 1913, es en Witcomb donde José Artal realiza sus veinticuatro exhibiciones de artistas españoles; lo imita, a partir del mismo año y hasta 1922 (salvo entre 1917 y 1919), su compatriota el pintor Juan Pinelo, aunque no siempre en Witcomb (muerto Pinelo, su hijo se encarga de las exposiciones de 1923 a 1926, totalizándose así veintidós).
Estas muestras, a las que han de añadirse las de Justo Bou, logran un altísimo nivel de ventas: el interés por la pintura española que demuestran los coleccionistas de Buenos Aires desde fines del XIX, sucede a la fascinación de los creadores locales por Italia, y antecede a la que sentirán por Francia (esto es, París) las generaciones posteriores de artistas.(8)
La Esposición Nacional de Industria, Comercio y Ganadería de 1898, celebrada en la Plaza San Martín, contiene también una muestra de arte argentino, pero ahora con doscientas telas y esculturas, entre las cuales se cuenta una de Cándido López, perteneciente a su serie de la Guerra del Paraguay. Las obras son exhibidas en el Pabellón Argentino, del que hablaremos más adelante, ya que allí se instalará el Museo.
Poco después, en 1899, son abiertos los concursos públicos para las becas de pintura y escultura, de cuatro años de duración y con destino en Europa, sostenidas por el Gobierno a través de la Comisión Nacional de Bellas Artes. Algunos de sus beneficiarios: los escultores Rogelio Yrurtia, Arturo Dresco y Alberto Lagos, y los pintores Ramón Silva, Alfredo Guttero y Antonio Alice.
La Argentina es, en 1901, el primer país latinoamericano que participa de la Bienal de Venecia, entonces en su cuarta edición. Tres años más tarde, con pinturas y esculturas del Museo, organiza Schiaffino el envío argentino a la Louisiana Purchase International Exhibition de Saint Louis, Estados Unidos, cuyo jurado distingue a Sin pan y sin trabajo.
En 1904 principia una serie de catorce muestras de pintura italiana, interrumpida en 1915. En 1905, el Gobierno toma a su cargo la veterana escuela de la Sociedad Estímulo, denominándola "Academia Nacional de Bellas Artes y Escuela de Artes Decorativas e Industriales", y pone a su frente a de la Cárcova. También en 1905, el antiguo Bazar Costa (Florida al 100, y luego al 600) se afirma como la segunda galería de Buenos Aires, con una exposición de Fernando Fader.
En 1907 comienzan en Witcomb unas muestras de pintura francesa, que se verán suspendidas en 1914; en esta última figuran dos óleos de Manet (uno de ellos, La ninfa sorprendida, de 1861, es adquirido entonces por la Comisión Nacional de Bellas Artes para el Museo), dos de Monet, tres de Renoir, dos de Sisley, uno de Pissarro y uno de Millet, entre otros.
Pero falta aún el magno episodio de 1910. Con motivo del centenario de la Revolución de Mayo, se celebra en los jardines de Palermo una Exposición Internacional, que tiene su correlato estético en la Muestra de Arte inaugurada el 12 de julio de 1910, en locales provisorios levantados alrededor del Pabellón Argentino de la Plaza San Martín. Son 2.375 obras de unos 1.400 artistas, dispuestas en cuarenta y tres salas; la representación más numerosa, entre las catorce naciones extranjeras participantes, es la de Francia (480), seguida por la de España (296), y por la de Inglaterra (269).
La Argentina presenta 235 telas y esculturas, entre cuyos autores se cuentan los consagrados (Schiaffino, Sívori), la generación intermedia (Collivadino, Rossi), y los novísimos (Navazio, Daneri, Zonza Briano). El Gran Premio de Honor es discernido al catalán Anglada Camarasa (uno de los cuadros suyos exhibidos entonces, Los ópalos, integra el patrimonio del Museo y aparece en este libro).
Por cierto, la muestra del centenario es el origen del Salón Nacional (o de Primavera), que se realiza a partir de 1911, en el edificio de la Comisión Nacional de Bellas Artes, sito frente al Pabellón Argentino (y, desde 1932, en el remodelado Palais de Glace, hoy Salas Nacionales de Cultura). El ciclo de institucionalización del arte se cierra así en la Argentina, para abrir de par en par las puertas del futuro.
Volvamos al Museo. La renuncia de Luis Sáenz Peña llevó a la Presidencia a José Evaristo Uriburu, el 22 de enero de 1895. Su ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública es Antonio Bermejo, que así abandona su banca de diputado nacional.(9)
Según Schiaffino, es Bermejo quien hace suya la causa de la fundación del Museo. El decreto de creación, ya lo indicamos, data del 15 de julio de 1895. Sus considerandos merecen ser citados in extenso aquí:
" [...] el tiempo transcurre sin que se cumpla la voluntad de los generosos donantes que legaron o donaron al Estado sus colecciones particulares, con el único objeto de que sirvieran de base a un Museo Nacional de Bellas Artes, cuya falta en la Capital de la República está en completo desacuerdo con el adelanto intelectual de la Nación...
* [las] obras actualmente depositadas lejos del acceso del público y otras esparcidas en distintas reparticiones de la Administración Nacional, aunque garantizadas de pérdida material, corren el riesgo de deteriorarse, privadas, como se hallan, del cuidado inmediato de personas técnicamente competentes...
*[...] urge poner al alcance de los estudiantes aquellas obras que son de patrimonio público, y es menester dotar a nuestro arte naciente de la Institución Nacional a que tiene derecho, para salvar del olvido y guardar en el tiempo las manifestaciones artísticas más interesantes de la inteligencia argentina...
Recuerda el texto que el Ateneo ha recogido espontáneamente la iniciativa de los beneméritos donantes Adriano E. Rossi y José Prudencio de Guerrico, y, junto con la ocasión de fundar de manera definitiva esta importante institución, ofrece desinteresadamente al P.E. el concurso de los valiosos elementos de su Sección de Pintura y Escultura, para la organización, instalación, nomenclatura y conservación del Museo.
Luego, por el art. 1°, "créase desde esta fecha el Museo Nacional de Bellas Artes", y por el art. 2° , "nómbrase director y conservador al señor Eduardo Schiaffino." El art. 3° dispone que el director de la Biblioteca Nacional, Groussac, el director del Museo Nacional [de Historia Natural], Carlos Berg, y "cuantas oficinas de la Nación posean pinturas, dibujos, esculturas y objetos de arte propiamente dichos, que no formen parte de galerías especiales, los entregaran al Museo Nacional de Bellas Artes a su pedido y contra recibo".
Por lo tanto, la base del MNBA son las donaciones de Rossi (81 telas) y de Guerrico (21). El Museo, en fin, es habilitado, como ya anotamos, en la Navidad de 1896: posee entonces 163 obras, expuestas en cinco salas (10), en el primer piso del edificio levantado para las tiendas Au Bon Marché (que nunca llegaron a ocuparlo), con entrada por Florida 783, casi esquina Córdoba. La sede es, por cierto, alquilada.
Dos palabras acerca del Bon Marché. Diseñado por el ingeniero argentino Emilio Agrelo y el arquitecto francés Rolando Levacher, hacia 1888, a la manera de la Galleria Vittorio Emmanuele II, de Milán (1867), la honda crisis de 1890 ahogó el proyecto de las grandes tiendas. Hacia 1894 es terminado el sector de Florida/Córdoba, y alrededor de 1898 el de San Martín/Viamonte, que será dedicado a unidades de vivienda.
En cambio, el de Córdoba/Florida, donde está el Teatro Edén, es adoptado por el arte. Además del Museo, se instalan allí la Sociedad Estímulo y su Academia, el Ateneo, La Colmena Artística y los estudios de Angel della Valle y el escultor Víctor de Pol, entre otros.
Schiaffino ha de evocar así los primeros tiempos del Museo: "Durante diez años de lucha oscura, aquel jefe de repartición, que no tenía un solo empleado bajo su dependencia, tuvo que multiplicarse; él fue su propio secretario, su experto y su restaurador; pronunció discursos en certámenes y banquetes; mantuvo alerta la propaganda periodística. Y el Museo crecía. Ya era un centro de atracción adonde convergían las obras de arte de las colecciones particulares, cuando azares de la vida las llevaban a la subasta pública".
Donaciones y compras acrecentaban así el acervo del MNBA. El Baedeker de la República Argentina, que Alberto B. Martínez edita en 1900, informa que el Museo abarca ahora once salas, donde se exponen 300 obras, un centenar de las cuales "(que consideramos actualmente las más interesantes", sostiene el autor) aparecen catalogadas (págs. 158/172).
Añade Martínez: "La falta de un edificio propio, adecuado para la exhibición de las colecciones, ha obligado a la Dirección a sacrificar el orden cronológico de las obras, prefiriendo de dos males el menor, a fin de no sacrificar las obras mismas; si estas no siguen un orden determinado, han sido colocadas en la luz más conveniente".
Pero Schiaffino, dice,"ha introducido una modificación en la distribución de las obras, que importa una reforma fundamental de la práctica universal, a saber: la distribución por géneros, que resulta teórica y prácticamente la más lógica de todas [...] Hasta nueva orden, consideramos que el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires es el único que, rompiendo con la rutina de mezclar los géneros, los haya unificado", alega Martínez en su libro.
Con fondos votados por el Congreso (70.000 pesos), Schiaffino visita España, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Austria, en 1906, para comprar obras. "El Museo - escribe- se enriqueció con una cosecha más copiosa y valiosa que el viejo núcleo acumulado en once años de labor casi sedentaria". Sin embargo, las donaciones no cesan de afluir.
Pero en 1907, un cambio de estructura administrativa pondrá obstáculos a Schiaffino. El ministro de Justicia e Instrucción Pública Juan Antonio Bibiloni reforma la Comisión Nacional de Bellas Artes, y el 22 de octubre le otorga la superintendencia del Museo y la Academia de Bellas Artes.
Schiaffino sostiene que el propósito de la nueva Comisión ("de aficionados", donde hay "mayoría de médicos y minoría de artistas") es "apoderarse del trabajo ajeno", una evidencia que llevó a de la Cárcova -asegura- a presentar la renuncia como director de la Academia.
"Yo no hice lo mismo -añade-, porque no era sólo director, como él, sino fundador del Museo, y no quería malbaratar mi obra de tantos años. Esta lucha sorda ha durado tres -escribe en 1910-, y ha sido este el período más estéril por que haya atravesado el Museo". Según Chueco, de 1907 a 1909, "el Museo ha adquirido ocho obras solamente" (ver nota 10).
Al mismo tiempo, el senador nacional Joaquín V. González, ex ministro de Justicia e Instrucción Pública, presenta en 1907 una iniciativa de ley para dotar de edificio propio al Museo y a la Academia, según diseño de Jules Dormal, a erigirse en la explanada de la quinta de Hale, cerca de la actual Plaza Mitre. El proyecto de González, que destina 4.200.000 pesos a las obras, es sancionado en 1908 (Ley 5615), aunque nunca llegará a cumplirse. El Museo, sin embargo, ha de instalarse en las cercanías, un cuarto de siglo más tarde, según veremos.
Chueco aporta un resumen del acervo del Museo al 31 de diciembre de 1908: 3.475 piezas (502 pinturas, 756 dibujos, 39 esculturas, 37 acuarelas, 20 miniaturas, una porcelana de Sèvres, 16 vidrios de Murano, 27 muebles y tallas, 220 medallas, 200 calcos en yeso de grandes obras de la estatuaria, 1.427 grabados y litografías, 230 objetos de arqueología americana). Pero ahora, sus salas ya son veintidós.
Este enorme patrimonio, que multiplica por veinte el acervo de 1896, debe ser mudado en 1909: es que el Ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico (San Martín, desde 1948) ha comprado el sector Córdoba/Florida del Bon Marché. El Museo traslada entonces sus pertenencias al Anexo del Pabellón Argentino, donde funciona la Comisión Nacional de Bellas Artes. Por último, a fines de 1910 se afinca en el Pabellón, donde ha de estar por espacio de dos décadas.
En varias ocasiones hemos citado al Pabellón Argentino, edificio de hierro, mayólica y vidrio que tuvo ese destino en la Exposición Universal de París de 1889.
Fue diseñado por el arquitecto francés Roger Ballu, y erigido a la entrada de la Exposición, junto a la Torre Eiffel, recién inaugurada. Una vasta cúpula central, enmarcada por otras cuatro más pequeñas, y cuatro columnas esquineras rematadas por esculturas alegóricas, distinguían a esta construcción de 60m de largo, 25m de ancho y 34m de altura, cuyos interiores habían sido decorados por artistas franceses reconocidos entonces (Besnard, Cormon, Roll, Luc-Olivier Merson).
La crisis económica de 1890 llevó al Gobierno a intentar, sin éxito, la venta del Pabellón Argentino en Francia. Se lo trajo entonces a Buenos Aires, desarmado, para cederlo a la Municipalidad. Una ley de 1892 dispuso su reconstrucción sobre la barranca de la Plaza San Martín , en la calle Arenales al 600, entre Maipú y Florida, donde habían estado hasta hacía poco los antiguos cuarteles militares del Retiro.
Según parece, el ingeniero Juan Abel Waldorp, diseñador y constructor del Puerto de La Plata, dirigió las obras de reposición, terminadas en 1893. Añade Bonifacio del Carril: "Se celebró un contrato con una empresa particular para explotarlo como sala de conciertos y teatro. En la bajada de Maipú se construyó otro edificio para servir de confitería. Pero el negocio fracasó y allí quedó el Pabellón Argentino, solitario, en el alto de la barranca, soportando las inclemencias del tiempo" (La Plaza San Martín; Emecé, Buenos Aires, 1988).
El edificio destinado a confitería, que "semejaba más bien festivo palacete o placentero pabellón de recreo", según dice Palomar (ver nota 1), mostraba una galería porticada a ambos lados de un volumen central, que miraba hacia los jardines y el Pabellón Argentino, distante unos metros. Allí se instaló la Comisión Nacional de Bellas Artes y, de manera provisoria, según hemos visto, el Museo, hacia 1909; allí, también lo señalamos ya, se celebraron los Salones Nacionales en 1911-1931.
Antes de albergar al MNBA, el Pabellón Argentino fue utilizado con otros fines. En su Baedeker de 1904, Martínez nos dice que allí funciona el Museo de Productos Nacionales, fundado por la Unión Industrial Argentina con la cooperación del Gobierno. "El extranjero que desee conocer una parte importante de la riqueza del país y tener una idea del porvenir a que este está llamado, una vez que aquella se incorpore a la circulación de los valores, puede y debe visitar este Museo, que está abierto todos los días", agrega Martínez.
Lo cierto es que, hacia 1909, decide el Gobierno afincar el MNBA en el Pabellón Argentino y encarga trabajos de restauración con el fin de que pudiera ser habilitado en julio de 1910, en el marco de las celebraciónes del Centenario. Cuando esto ocurre, Schiaffino se ha alejado ya del Museo.
Es que las desinteligencias entre la Comisión y él hicieron crisis, y aquella pidió y obtuvo del ministro de Justicia e Instrucción Pública Rómulo Naón, que separase de su cargo a Schiaffino, en setiembre de 1910. El Museo fue inaugurado más tarde, iniciándose de este modo su segunda etapa.
Las dos plantas del Pabellón Argentino no bastaban. Hacia 1913, el arquitecto Martín S. Noel, por solicitud de la Dirección del Museo, diseñó un nuevo edificio. Como el de Dormal, nunca llegaría a realizarse.
En la década del 20 se buscaron otras soluciones, vinculadas todas con la adaptación de inmuebles ya existentes: el Asilo de Mendigos de la Recoleta (donde, medio siglo más tarde, sería emplazado el Centro Cultural), la Escuela Presidente Roca, frente a la Plaza Lavalle. Tampoco se hizo nada con estas variantes, y aun se desaprovechó la oportunidad de levantar el Museo en la media manzana de Arenales-Sargento Cabral-Suipacha-Esmeralda, oportunidad lograda por Ernesto de la Cárcova con la ayuda económica del Jockey Club de Buenos Aires.
Por último, el Gobierno convocó a un certamen nacional, en 1928, para dotar de edificio propio al Museo Nacional de Bellas Artes. El jurado otorgó el primer premio al proyecto de los arquitectos Herrera, Mac Lean y Quartino Herrera; sin embargo, la iniciativa ha de quedar en eso.
Así las cosas, la ampliación de la Plaza San Martín, dispuesta en 1931, vendrá inesperadamente en ayuda del Museo.
La Municipalidad decide extender el paseo hacia el río, hasta la avenida Leandro N. Alem, lo que significa ocupar la barranca desde Arenales, previa demolición de las edificaciones allí existentes, a comenzar por el Pabellón Argentino y su Anexo.(13)
Desaparecerán de este modo la cortada Falucho, que corre en diagonal entre Florida y el Bajo, y el tramo de Arenales entre Maipú y Florida, que ha de ser absorbido por la Plaza. La Municipalidad cede por ello a la Comisión Nacional de Bellas Artes, para instalar el Museo, la antigua Casa de Bombas de la Recoleta, al 2273 de la entonces avenida Alvear (avenida del Libertador 1473, a partir de 1950). El acuerdo es materializado entre setiembre y noviembre de 1931.
Construida hacia 1870 y más tarde ensanchada, la Casa de Bombas fue la primera de Buenos Aires. En ella se practicaba también la filtración de las aguas tomadas al río cercano, cuyo destino final era el vasto tanque de la Plaza Lorea, al que iba a sustituir en 1887 el del edificio de Córdoba-Viamonte-Ayacucho-Riobamba. La veterana Casa de Bombas, con su alta chimenea, fue desafectada del servicio en 1928.
Se encargó al arquitecto Alejandro Bustillo la refuncionalización del edificio, de acuerdo, en lo interno, con dos postulados: salas espaciosas, bien iluminadas y de ambientes serenos; itinerario lógico para una exposición instructiva, con el menor cansancio de atención o movilidad del visitante. Ambos conceptos eran entonces los adoptados por los modernos museos de Europa y Estados Unidos. Al atosigamiento -cuadros desde la mitad del muro hasta casi el techo- de las salas del Bon Marché y el Pabellón Argentino, sucedían los espacios de la nueva sede, francos y despojados de todo ornato.
La mudanza empezó en setiembre de 1932, y el reformado edificio -cercano a la ya desaparecida quinta de Hale- se habilitó el 23 de mayo de 1933, con la presencia del Presidente Agustín P. Justo. Comenzaba de tal manera la tercera etapa del Museo Nacional de Bellas Artes, dentro de la cual celebramos el centenario de su fundación. Importa saber que esta etapa contó, desde sus inicios, con la Asociación de Amigos, creada el 22 de octubre de 1931.
La sede del MNBA, que se alza en medio de los parques y jardines de la Recoleta, fue modificada y ampliada en las décadas del 40, el 60 y el 80. Entre las últimas reformas están la habilitación de una sala de 1.536 m2 (96 m de longitud y 16 m de ancho), en el primer piso, la mayor del Museo; y la de los sectores administrativos y técnicos así como la Dirección y los Patios de Esculturas, en el segundo piso.
En la actualidad, el Museo tiene 32 salas entre la planta baja y los dos niveles superiores, que, con el resto de las instalaciones, totalizan una superficie de casi 10.000 m2. A esas 32 salas deben añadirse el pabellón de muestras temporarias (750 m2) sito en la planta baja, sobre el frente posterior; y la sala de exhibiciones de arquitectura (420 m2), así como los dos Patios de Esculturas (340 m2 cada uno), tres espacios ubicados en el segundo piso, donde, como se ha dicho, están las oficinas administrativas y técnicas, la Dirección y los talleres de restauración.
Las 21 salas de exhibición de la planta baja abarcan 2.000 m2; las ocho del primer piso, 2.200 m2; y las tres del segundo nivel, 410 m2. En la planta baja se encuentran la Biblioteca y el Taller Didáctico; y en el primer piso, la Sala Audiovisual (350 m2). Por último, ocupan el subsuelo la Reserva del Museo, el Laboratorio Fotográfico y el sector de mantenimiento (1.300 m2).
En cuanto a las colecciones del Museo, aumentadas sin cesar con donativos, legados y compras, suman aproximadamente 11.000 piezas, entre pinturas, esculturas, tapices, grabados, dibujos y objetos, 1.500 de las cuales se hallan en préstamo en distintas reparticiones del Estado. La obra más antigua del acervo, expuesta, es una Virgen con niño (Auvernia), que data del siglo XII.
El patrimonio del Museo es de singular riqueza, tanto en el orden nacional como en el internacional, según lo demuestra este libro.
Pueden citarse así, entre otras, pinturas de El Greco (Jesús en el Huerto de los Olivos), Rubens (Sagrada Familia con Santa Isabel y San Juan), Adriaen van de Velde (La playa de Scheveningen), Giovanni Battista Tiepolo (Los hebreos recogiendo el maná en el desierto), además de Tiziano (Secretario) y Francisco de Zurbarán (Monje meditando). Son varias las telas de Goya: Aparición de San Isidoro al Rey Fernando, Fiesta popular bajo un puente, Escena de guerra, Incendio de un hospital, Escena de disciplinantes.
La pintura francesa del siglo XIX tiene una amplia y destacada representación en las colecciones del Museo: hay obras de Corot (Ville dAvray), Théodore Rousseau (El torrente), Delacroix (Personajes orientales), Doré (Salida de la diligencia de Burgos), Millet (La esposa del autor), Courbet (Mar borrascosa), Boudin (La ribera de Portrieux), Monticelli (La reverencia), y Manet (La ninfa sorprendida).
Entre los impresionistas deben ser mencionados: Pissarro (El prado de Valhermeil, Pontoise), Degas (Retrato de Diego Martelli), Sisley (Orillas del río), Cézanne (El hijo del artista escribiendo, un dibujo), Monet (Orillas del Sena en Vetheuil), Renoir (Mujer joven con sombrero verde) y Berthe Morisot (El peinado). Además, cuenta el Museo con obras de Gauguin (Vahine no te miti), van Gogh (El molino de la Galette), Toulouse-Lautrec (Retrato de Suzanne Valadon), Redon, Jongkind, Fantin-Latour, Utrillo, Rodin (La mano de Dios) y Bourdelle (La elocuencia).
La pintura española del siglo XIX y comienzos del XX también sobresale en el patrimonio del Museo, con telas de Pérez de Villaamil (son 15; entre ellas, Explosión de una locomotora), Fortuny (Antes de la corrida), Meifrén y Roig (Quietud), Sorolla (La vuelta de la pesca), Casas, Rusiñol (Jardín de Aranjuez), Anglada Camarasa (Los ópalos), Zuloaga (Gitanilla), y Gutiérrez Solana (Carnaval), entre otros.
Preciso es señalar que el Museo posee obras de Kandinsky, Picasso, Klee, Chagall, Rouault, de Chirico y Modigliani, entre los artistas modernos, y también de Pollock, Rothko, Kline, Dubuffet, Burri, Fautrier, Vedova, Rotella y Tàpies, así como una importante escultura de Henry Moore. En cuanto a la América latina, se destacan las pinturas de los uruguayos Joaquín Torres García, Pedro Figari y Rafael Barradas, el mexicano Diego Rivera y el brasileño Cândido Portinari, entre otros.
Por cierto, las colecciones de arte argentino son de capital importancia, y abarcan desde los fundadores (Morel, García del Molino) hasta las más recientes promociones. Están presentes en el Museo los grandes maestros del siglo XIX (Pueyrredón, Cándido López, Giudici, della Valle, de la Cárcova, Sívori, Schiaffino, Cafferata y Correa Morales, entre otros) y las primeras décadas del XX (Malharro, Brughetti, Ramón Silva, Fader, de Navazio, Thibon de Libian, Collivadino, Victorica, Pettoruti, Xul Solar, Guttero, Yrurtia, Sibellino, Bigatti, Curatella Manes y Vitullo, por citar sólo a algunos de los más notorios).
La Generación del 30 incluye, entre otros, a Spilimbergo, Badi, Butler, Forner, del Prete, Fontana y Berni. A mediados de la década del 40, con los pintores y escultores geométricos (Maldonado, Hlito, Iommi, Kosice y Lozza, entre otros), se inicia la sucesión de nuevas tendencias (abstractos, informalistas, cinéticos, surreales, pop, minimalistas, conceptuales, Figuración Crítica), todas ellas representadas en el acervo del Museo, sin duda el más completo en la materia.
Por otra parte, las exhibiciones temporarias permiten al Museo un contacto reiterado con la obra de célebres creadores contemporáneos del mundo entero, tanto en arte como en arquitectura y diseño. A estas muestras se unen las retrospectivas de artistas argentinos del pasado y el presente. Así, la tarea incesante del Museo -que también se desarrolla por medio de seminarios, conferencias, conciertos y otras actividades similares-, hace de él un poderoso foco cultural, que extiende su irradiación hacia adentro y hacia fuera de la Argentina.
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